
Hace siete años dejé de ir a comprar el pan en la panadería que hay debajo de casa porque la panadera, una mujer cargada de buenas intenciones, sufría una especie de deficiencia auditiva que la volvía sorda a voluntad.
Llámame poco tolerante, pero, a mí, esta “invalidez” me trastornaba, me ofuscaba y me hacía perder los estribos. Más de una vez tuve que reprimirme de actuar con violencia.
Justo me fue una tarde de primavera, “hormonalmente” yo más descompensada, de estrellarle le la barra de cuarto entre ceja y ceja, a ver si, con el golpe, le volvían las frecuencias que perdía cuando le deletreaba bien claro y catalán,-No, gracias, no.
La cuestión es que, fuera la hora que fuera, salíamos de allí con un “chupa-chups” por barba. Y es una lástima, ¡una lástima!, Porque como el pan de este horno no había otro igual en todo Igualada.
La primera vez me cogió por sorpresa y creída que el regalo sería un hecho extraordinario, lo consentí. Al día siguiente la señora creía que me negaba por no abusar y optó por ignorarme por completo. Los días siguientes los niños alargaban el brazo nada más entrar y ella, como si se hubiera cosido las orejas, me cobraba y me sonreía con la misma benevolencia que se trata a los cortos de entendimiento o los que les falta un hervor.
El drama venía cuando, a espaldas de la señora, debía arrebátales la chucheria a los niños. ¡Ya les puedes cantar misa a dos individuos de tres años!. Pataleta al canto; gemidos, llantos y exorcismos varios, desde la puerta de la panadería hasta la de casa.
Pero entonces era más joven y, mira, no perdía la esperanza de encontrar el remedio que le devolviera, a la pobre, la capacidad de escucharme. Continuamente era un “begin the begin”. Caer para volverse a levantar. ¡Qué fe la mía!. ¡No me digas!
Claro que me planteé renunciar. Si fuera por mí, ya hacía tiempo que me hubiera echado a la espalda sus indiferencias, pero no me salía de las narices ponerla a ella por delante de mis hijos, sencillamente, no quería que los niños tomaran caramelos cada día porque no les hacía bien y porque, antes de las comidas, solían perder el apetito y acababan no comiendo nada.
Os lo prometo que le expliqué, con detenimiento. Que pienso que no tenia ninguna necesidad, pero lo hice. Me recree y busqué, en ocasiones, el apoyo de quienes esperaban turno detrás de mí que, cagados todos de verme tan nerviosa, me seguían la corriente haciendo que si con la cabeza.
Un día, un día que parecía estar más entera y receptiva, cuando creía que me había entendido, se miró los niños que ya saltaban ansiolíticos perdidos, con una expresión indefinible que decía: ¿”quien es esta sinvergüenza que os acompaña”?, y a continuación, como el que escucha llover, les volvió a dar la golosina de turno.
Había testigos, que siempre duele más. Había, en concreto, una mujer que aprovechó para añadir: – ¡!Vaaa, que no es para tanto!.
La percepción que tuve de mi misma era similar a la que debe tener una desequilibrada en un momento de lucidez. Fue la más penosa, y también, la ultima vez que vi a la señora y que pudimos disfrutar de su pan.
Hoy la panadería ya no existe. Es una cafetería tipo granja, de las que tanto se estilan. De la mujer tampoco he sabido nada.
Me pregunto: ¿Sabría a estas alturas, con los pequeños, encontrar la manera de decirle que no? ¿Sinceramente? ¡Ay, no lo sé!.
Es que, de verdad que ella era, realmente, muy dura de pelar y yo también tengo mis inputs educativos, hay límites que no suelo traspasar.
A mí me dejaron muy claro de pequeña que nunca, nunca, bajo ningún pretexto, tenía que faltar el respeto a las personas mayores.
Aquest comentari va ser introduit el Tuesday, May 17th, 2011 a les 13:11 hores i s'ha arxivat a General. Pots seguir qualsevol resposta a aquest comentari entrant al RSS 2.0.
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May 15th, 2012
Núria Brugués diu :
Muchísimas gracias Anna!
Eres un sol! Qué gran regalo de cumpleblog! Yo espero poder continuar leyendo tus posts y seguir tus consejos!
Un beso enorme
Núria